30 años sin Capote

 

Por Jesús R. Cedillo
Publicado Septiembre 29, 2014


A los camaleones les gusta cambiar de color. También les gusta la música. Especialmente las suites y sonatas reposadas de Mozart. A los camaleones les gusta la música clásica. Lo anterior lo sé desde la lectura del texto señero de Truman Capote. Al igual de su color, los camaleones, imagino, cambian y giran de gusto y apetencias con el tiempo. Tal vez hoy les guste escuchar en las terrazas de las residencias solariegas a Mozart y su symphony No. 40 en arreglo de jazz en instrumentación de los Klazz Brothers and Cuba Percussion…

Los camaleones cambian de color. Sus tonalidades van del amarillo al lima, del rojo al rosa. Así es el mundo animal. Los camaleones no saben de fidelidad cromática. Imagino, tampoco les interesa. Son animales. A no pocos humanos tampoco les interesa eso. A quien le interesaba escudriñar en el alma humana fue a un escritor camaleónico el cual vino a revolucionar la manera de contar en el periodismo y en la literatura, fue Truman Capote (1924-1984) del cual se han cumplido 30 años de su muerte. Muerta la cual y aquí en México ha pocos ha interesado. A pocos importa.
Capote no “inventó” el llamado nuevo periodismo, pero fue uno de sus mejores exponentes. Amalgamó en él mismo talento y escándalo. No podía ser de otra manera. Nueva York, como en su momento lo fue Babilonia, Atenas, Roma o Sodoma, es un crisol donde todo se funde. Infierno y paraíso a la vez. Cuenta la historia y la leyenda de un día donde sucedió la siguiente historia: en medio de una fiesta demoniaca e interminable, en el Plaza Hotel gritó a todo pulmón: “Puedo destrozar la vida de cualquiera en Nueva York si me da la gana. No soy un santo. Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”.
Pues sí, lo era. Sus libros son relicarios creativos. Universos completos y autosuficientes donde acomodó de tal manera a los personajes y la escenografía, que aún hoy es modelo a seguir e imitar: “A sangre fría”. Eternamente citada, eternamente ejemplo de la mejor prosa de no ficción. Tiene otras obras tal vez mejores y más perturbadoras, “Retratos”, “El arpa de hierba”, “Plegarias atendidas”, “Desayuno en Tiffany`s” o uno de mis preferidos, “Música para camaleones”. Maestro de la forma breve, de la frase directa y ceñida, tatuada a la página, es también uno de los mejores escritores de perfiles ahora que están tan de moda en el periodismo.
Retratos, perfiles, cuerpo presente. A Marilyn Monroe la definió de un plumazo, “una adorable criatura” al igual que ella, el destino trágico los abrazaría. A la blonda criatura la describió para la eternidad: Marilyn siempre llegaba tarde a todos los compromisos. Calzaba zapatos de tacones tan altos, que era imposible mantener una verticalidad serena. Gafas oscuras que le daban un aspecto de “búho y resaltaban la palidez de su piel de vainilla y leche fresca”.
¿Periodismo o literatura? Siempre habrá un problema al tratar de delimitar las parcelas entre uno y otro género. Los grandes reportajes se convirtieron en libros que se leen como apasionantes novelas, Truman Capote es el ejemplo más socorrido al respecto. Hoy hay ejemplos señeros con esta semilla: la prosa florida de Santiago Gamboa, Julio Scherer, Juan Pablo Meneses, Tom Wolfe, Ryszard Kapuscinski, Olga Wornat, Sam Quiñónez, por citar algunos.
En La Martinica y en una tarde de té y música de Mozart, Capote vio en la terraza de una mansión de una dama alta y esbelta –su tez de piel era del “color oro pálido del ron”–, camaleones rojos, amarillos; color lima y luego rosa. Una docena de ellos cambiaron de color. Lo hicieron sin pudor alguno, mientras los visitantes paseaban con un vaso de whisky en la mano.
Camaleones. El mundo está lleno de camaleones. Capote lo sabía y así lo dejó escrito para la eternidad.

* Jesús R. Cedillo es escritor y periodista saltillense. (bigotesdegato11@hotmail.com)