El parpadeo de Dios


Por Jesús R. Cedillo

Publicado Octubre 6, 2014


Tengo amigas y amigos buenos. Siento su aprecio y cariño. Dos de esos amigos los cuales ponen seguido su mano en mi mano y su brazo sincero en mi espalda, son uno de mis editores en Saltillo, Gerardo Hernández y su esposa Chilo Romo de Hernández. Mano tibia y honesta de ambos, los cuales me favorecen con su estimación. Y como siempre y desde hace buen tiempo a la fecha ando con cuestionamientos perennes y una fe ya marchita en Dios, imagino por ello, doña Chilo me regaló un libro de Regina Brett, escritora norteamericana titulado “Dios nunca parpadea”.

Buen libro sin duda. La autora de los textos es columnista para un diario gringo y empezó a escribir con un entorno muy definido: su propia y muy personal relación con Dios, sus avatares, sus conflictos y yugos, errores y condenas. Pero también, todo lo que ella ha sentido al reencontrarlo luego de darle un emperrado cáncer el cual por poco la seca. La columna empezó a ser leída y sólo tenía ese tamiz: hablar de Dios.
Debido a tantos y tan recalcitrantes problemas en la vida de la autora, Regina Brett, ésta llegó a pensar que al momento de nacer, Dios había parpadeado, por lo cual no se había enterado de que había nacido. De aquí entonces el título del libro, “Dios nunca parpadea”, volumen en tono y línea del desarrollo humano, como hoy se nombra y antes era superación personal. Pero, siempre hay un maldito “pero”; a este escritor atiriciado y ya sin guiño alguno de Dios, el libro le ha gustado, lo ha disfrutado, sin creer en ello. Rectifico, si creo en las bendiciones que ella ha recibido. Alabo lo anterior, nada más. Guardo dudas y cuestionamientos.
Me explico. ¿Se vive mejor sin Dios? No lo sé, señor lector. Este escritor siempre ha sido un hombre de fe. Pero, hoy Dios está lejano de mi pálido alfabeto por muchos motivos. Va un argumento: los padres del escritor Leonard Mlodinov –cuenta Juan Arias, sacerdote católico él– y él mismo, se salvaron de morir en el holocausto nazi. Luego, Mlodinov se salvó del fatídico ataque a las torres gemelas de Nueva York. Él se encontraba allí mismo. Hace poco lo entrevistaron y le dijeron qué sentía al saber que Dios lo había salvado dos veces.
Su respuesta es invulnerable: “No fue Dios sino el acaso… ¿Qué Dios sería ese que salva a mis padres del nazismo y deja morir a seis millones de otros judíos? ¿Qué Dios sería ese que me salva del atentado terrorista de Nueva York y deja morir a otras 3,000 personas?”. Sí, con este argumento estoy de acuerdo y con este Dios que no tiene injerencia en la vida o muerte de millones de personas sí comulgo. Un estimado amigo el cual se preocupa por mí, me ha dicho reiteradamente que cometo un error al buscar a Dios con la razón e inteligencia y no con la fe. Cuenta el mismo Juan Arias que Dios debe de ser alabado en los días de éxito y gloria, pero que éste no sirve para los días de miedo y tribulaciones. Le vuelvo a creer. Leo un anuncio en un panorámico, “Dios está en Internet. A sólo un click, haz comunicación con él. Visita su página”. Caray, hasta dónde hemos llegado. Por ello Dios y el Diablo se aburren.
Este mundo ya no es aquel en el cual por cientos de años se movían a sus anchas. Premiaban o castigaban con singular alegría y nadie cuestionaba su poder. Hoy se aburren y nos envidian. Envidian este instante en el cual nosotros, mortales, estamos viviendo y en cualquier momento, ¡plof!, morimos y desaparecemos como volutas de humo el cual se escapa de las manos. Sólo de pensar en la eternidad me aburro. El libro de Regina Brett, pero como éste, hay cientos.
Perdonadme, mi fe no es ciega. Y tal vez sí, en mi caso, Dios parpadea… incluso, cierra los ojos. Ojos bien cerrados.

* Jesús R. Cedillo es escritor y periodista saltillense. (bigotesdegato11@hotmail.com)